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Explosión en Port Chicago, California

El 23 de diciembre de 1999, el presidente de los Estados Unidos, William J. Clinton, otorgó el indulto al ex marinero de segunda clase, Freddie Meeks, 55 años después de prestar su servicio militar en la Segunda Guerra Mundial. Ese acto estaba lleno de simbolismo. Al exonerar a Meeks estaba reconociendo que Estados Unidos se había equivocado y que si, quizá si trato con menosprecio a sus conciudadanos de color que contribuyeron, desde su trinchera, a ganar la guerra.
Port Chicago
En plena Segunda Guerra Mundial, Port Chicago, California, servía como depósito donde llegaban los barcos que abastecían de municiones, bombas, otros explosivos y equipo a las tropas estadounidenses que peleaban en el Océano Pacifico.
En esa base naval ubicada en una orilla de la Bahía de San Francisco era patente la segregación racial. Ahí marinos de color bajo el mando de oficiales blancos realizaban la pesada y peligrosa tarea de cargar los buques con municiones.

 

Hasta 18 toneladas de carga llegaron a depositar en un buque, una cantidad enorme si se tiene en cuenta lo pesado de las balas y demás material bélico y lo delicado de su manejo. En el mejor de los casos los barcos contaban con cabestrante eléctrico, lo que facilitaba la tarea, pero pocos contaban con esa tecnología.
Así lo expone Robert Allen en el capitulo uno de su libro “El motín de Port Chicago. El juicio masivo de amotinamiento más largo en la historia de la Naval de estados Unidos” (1993).
Olor a pólvora
A decir de Robert Allen, la explosión que pusiera a Port Chicago en el mapa pudo tener lugar a cualquier hora de cualquier día entre 1943 a 1946. Sin embargo, esta aconteció el 17 de julio de 1944.
Todo aconteció de manera normal durante el día y era ya de noche cuando sobrevino la fatalidad. Un incidente al momento de cargar uno de los buques desató una explosión de grandes dimensiones quecimbro la bahía y acabo con la vida de 320 personas.
A las 10:18 p.m. aproximadamente, una reacción en cadena corrió a través del puerto naval mientras cuadrillas de afroamericanos cargaban cartuchos y bombas en el buque carguero E.A. Bryan. Nunca se determino bien a bien como ocurrió la detonación, pero se sabe que varios incidentes se habían presentado los días anteriores al cargar el buque Bryan, que al momento del estallido ya tenía en su interior más de 4 mil toneladas en municiones. Además de las vidas humanas, la explosión hundió dos barcos, voló en pedazos 365 metros de muelle y el estruendo fue tan fuerte que dicen se sintió hasta Nevada.
Como era de esperarse, dado la división de tareas, el mayor número de bajas fue de marinos afroamericanos. “Dos terceras partes de los que murieron eran marinos de color. La explosión hirió además de a 390 personas y destruyo dos barcos de transporte. Fue el incidente domestico que más vidas cobró durante la guerra”, expone la revista Jet, en su edición de enero de 2000, en un reportaje sobre Meeks.
Pero no solo en eso fue evidente la discriminación. “A los oficiales blancos les dieron 30 días libres luego del estallido. Los negros en cambio, recibieron la orden de regresar al trabajo. Meeks y otros se rehusaron”, continua.
‘Motín’ en Port Chicago
Freddie Meeks, marino de Segunda Clase, era parte del grupo que se negó en un principio a seguir instrucciones. Tras la explosión había sido asignado a las labores de limpieza, que incluía tener que levantar fragmentos de cuerpos.
En una entrevista que le realizara un medio estadounidense, Meeks comentó que era tan fuerte la impresión de tener que recoger no los cadáveres de sus compañeros, sino los pedazos de cuerpos esparcidos por todos lados. Tras ver los restos, todos los que habían perecido y cómo volaron en pedacitos, “no te quedaban ánimos para bromear”.
Al mes siguiente y previendo los peligros que esa tarea representaba, Meeks y otros compañeros se rehusaron a continuar acarreando las armas y las municiones, por lo que fueron presentados ante una corte marcial bajo el cargo de amotinamiento. Inicialmente eran un grupo más o menos numeroso, pero poco a poco fueron cediendo a las presiones de sus superiores.
No ocurrió lo mismo con un grupo de 50 marinos –entre ellos Freddie- que se mantuvieron firmes en su protesta. El 24 de octubre de ese mismo año fueron condenados a 15 años de confinamiento en trabajos forzosos. A los pocos meses la condena fue reducida a unos meses y relativamente pronto estuvieron en libertad. Fueron degradados y despedidos “bajo términos honrosos” de la Naval, pero debían renunciar a todo derecho, fuera un reconocimiento o el pago de una pensión.
“En 1977 uno de los hombres, Martin Bordernave, enlistó los servicios del representante del NAACP (National Association for the Advancement of Colored People), Marion Hill en un intento para que el caso fuera reabierto y que fueron limpiados los nombres de los inculpados. Pero su esfuerzo fracaso”, dice Robert Allen en su libro “El Motín de Port Chicago”.
Indulto
Hasta 1999, solo se conocía de dos sobrevivientes de aquel grupo de 50 hombres que fueron sentenciados a prisión y trabajos forzados luego de negarse a continuar cargando las provisiones de municiones. Luego se supo de uno más. Freddie Meeks era uno de ellos. A sus 80 años su salud comenzaba a menguar.
Abogados, veteranos de guerra y la NAACP, alegaban que los marinos fueron víctimas de prejuicios raciales. La Naval les dio la razón en una revisión del caso en 1994, pero no cambió los veredictos. “El presidente Clinton no debería dilatar en rectificar una injusticia de los tiempos de guerra que ha estado en los libros en los libros por más de medio siglo”, señalaba una editorial en un medio norteamericano en junio de 1999.
El documento firmado por Clinton, dice al pie de la letra: “Ahora por lo tanto, se cono ce que yo, William J. Clinton, presidente de los Estados Unidos de América, en consideración de las premisas y otras diversas razones buenas y suficientes que me mueven a hacer esto, por medio de la presente concedo un perdón completo e incondicional a Freddie Meeks por el delito antes descrito contra los Estados Unidos”.
En declaraciones a una revista norteamericana dijo: “Se que dios me ha dejado llegar hasta aquí para ver esto”. Y agregó: “Yo sabía que tenemos un buen presidente, e imagine que el haría lo correcto, y así lo hizo. Es de gran significado para mí”. El solo buscaba el perdón y nunca mencionó algún resarcimiento económico.
El otro sobreviviente del que se tenía conocimiento, Jules Crittenden, no buscó el perdón. Entrevistado en agosto de ese año sobre el tema, dijo que él estaba más interesado en ver que cada una de las familias de las 320 víctimas recibiera los beneficios completos que les correspondía porque susfamiliares hubieran servido al país. Incluso con Intereses. Crittenden señaló que cada familia debía recibir 5 mil dólares, pero el congreso lo redujo a 3 mil.
Muere en el hospital
Apenas poco más de dos años pudo disfrutar Meeks de saberse un hombre libre de faltas contra su patria. Muy enfermo fue internado en el Veterans Affairs Hospital en el Oeste de Los Ángeles, California, donde falleció en enero de 2003, a los 83 años.
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